Poetas de Rumanía II
MIRCEA BÂRSILĂ (1952, Rumanía). Poeta, ensayista y crítico literario. Es Doctor en Literatura y miembro de la Unión de Escritores de Rumanía. Gran parte de sus poemas han sido traducidos en francés, alemán, turco, ingles, serbio, español, y publicados en numerosas revistas y antologías del ámbito nacional e internacional. Ha publicado más de diez libros y ha recibido importantes premios de literatura por su obra.
Marzo
El mismo torbellino
que hace enverdecer los árboles
me abraza también a mí:
huelo a leña que florecerá,
el pájaro carpintero toca mi corazón con el pico,
me toco la mejilla del oeste y encuentro capullos,
de corteza de sauce acomplejada y humilde
como una vela que parpadea,
me toco la otra mejilla
y encuentro dos ríos de lágrimas
fluyendo hacia el norte,
el pájaro carpintero vuela de un lado hacia mí,
me brotan violetas de la palma ,
y del otro lado llega el ángel pálido
cn largas y negras alas
acompañado de un goteo extático de aleros,
de corderos empolvados con harina de trigo,
de ruido de garras de palomas en los tejados,
soy un Janos e incluso más: una mujer
en en momento del parto cuando tiene dos cabezas,
dos corazones
y dos vidas.
El mismo torbellino
que hace enverdecer los árboles
me abraza también a mí:
huelo a leña que florecerá,
el pájaro carpintero toca mi corazón con el pico,
me toco la mejilla del oeste y encuentro capullos,
de corteza de sauce acomplejada y humilde
como una vela que parpadea,
me toco la otra mejilla
y encuentro dos ríos de lágrimas
fluyendo hacia el norte,
el pájaro carpintero vuela de un lado hacia mí,
me brotan violetas de la palma ,
y del otro lado llega el ángel pálido
cn largas y negras alas
acompañado de un goteo extático de aleros,
de corderos empolvados con harina de trigo,
de ruido de garras de palomas en los tejados,
soy un Janos e incluso más: una mujer
en en momento del parto cuando tiene dos cabezas,
dos corazones
y dos vidas.
Verano
Verano, estación sedosa e imperfecta
desbordante e inmensa existencia
de noches tan blancas
que se ve más allá del espacio y tiempo
tal y como se viera por la ventana de la casa
la mesa preparada para la celebración,
estación de yunques que siguen hasta tarde
con el estruendo de las preocupaciones diarias,
la felicidad del enloquecedor calor
de las dos de la tarde
cuando todos tienen rostros de hombres
las moscas, los perros, las piedras, las aves,
verano, mujer adornada
con remolinos de polvo y tejados lejanos
y bolso lleno de ríos caídos en su lecho de muerte
y cosechadoras parando siempre por los campos
como si les entrase su cabello en los ojos,
sonriendo avergonzada por mi falta de tacto
y todo se resume a eso
a inclinarnos, a veces, sobre la misma fuente.
Verano, estación sedosa e imperfecta
desbordante e inmensa existencia
de noches tan blancas
que se ve más allá del espacio y tiempo
tal y como se viera por la ventana de la casa
la mesa preparada para la celebración,
estación de yunques que siguen hasta tarde
con el estruendo de las preocupaciones diarias,
la felicidad del enloquecedor calor
de las dos de la tarde
cuando todos tienen rostros de hombres
las moscas, los perros, las piedras, las aves,
verano, mujer adornada
con remolinos de polvo y tejados lejanos
y bolso lleno de ríos caídos en su lecho de muerte
y cosechadoras parando siempre por los campos
como si les entrase su cabello en los ojos,
sonriendo avergonzada por mi falta de tacto
y todo se resume a eso
a inclinarnos, a veces, sobre la misma fuente.
Septiembre, octubre, noviembre
Septiembre, septiembre, septiembre: es decir el ángulo
desde donde el sol es un péndulo
con dos pavos reales muertos
colgando
en lugar de sus acostumbradas pesas.
En septiembre, el verde de la yerba es arrastrado al cielo con una soga.
En septiembre, se doman las nubes
para pensar, entristecidas, con sus glándulas lagrimales.
Octubre, octubre: collares, pendientes y pulseras
de oro en las estanterías.
Es el tiempo de las enlutadas hojas
mentidas —¿cuántas veces desde el principio del mundo?—
se les explica que su ofrenda —al parecer — es necesaria
para mantener la redondez del mundo.
Noviembre: pulpo con decenas de brazos
absurdos
se tuerce, amenazante, noche tras noche, y jadea
en la oscuridad debajo de la cama donde duermo.
Y también en noviembre, aquellas canciones amarillas
sobre los montones amarillos de maíz.
Aquellas canciones rojas: sobre el vino tinto de los barriles.
Hete aquí como la muerte es sacada
de nuestro pueblo
en el año que hay demasiados entierros.
Se hace una mujer de paja, de tamaño natural,
y, coronada con un gorro rojo,
es llevada en carro
entre dos hombres
armados con escopetas de caza.
Una gran multitud
la sigue hacia el lugar donde será juzgada
donde estará encadenada a un poste,
y las chicas y los chicos, a diez pasos de distancia,
con los ojos tapados, intentan apuñalarla
con hoces y cuchillos de matarife.
Al final, es tirada al agua o,
por el contrario, en las llamas vivas de un fuego
de ramas de acacia,
según decidan los dos jueces:
un niño con máscara de oso
y una viuda vieja disfrazada de novia.
Una injusticia
En mi sangre hay también una gota de sangre de toro
En mi sangre hay también una gota de sangre de lobo
En mi sangre hay también una gota de sangre de cisne
En mi sangre hay también una gota de sangre de esturión.
Igual que los toros, nunca estoy despierto.
Igual que los lobos, a veces, escucho gritos detrás de mí.
Quise ser albañil y no se me permitió:
en mi vaso de mortero se veían
diversas escenas de las vidas
que se iban a desenvolver entre las paredes
Septiembre, septiembre, septiembre: es decir el ángulo
desde donde el sol es un péndulo
con dos pavos reales muertos
colgando
en lugar de sus acostumbradas pesas.
En septiembre, el verde de la yerba es arrastrado al cielo con una soga.
En septiembre, se doman las nubes
para pensar, entristecidas, con sus glándulas lagrimales.
Octubre, octubre: collares, pendientes y pulseras
de oro en las estanterías.
Es el tiempo de las enlutadas hojas
mentidas —¿cuántas veces desde el principio del mundo?—
se les explica que su ofrenda —al parecer — es necesaria
para mantener la redondez del mundo.
Noviembre: pulpo con decenas de brazos
absurdos
se tuerce, amenazante, noche tras noche, y jadea
en la oscuridad debajo de la cama donde duermo.
Y también en noviembre, aquellas canciones amarillas
sobre los montones amarillos de maíz.
Aquellas canciones rojas: sobre el vino tinto de los barriles.
Mal año
Hete aquí como la muerte es sacada
de nuestro pueblo
en el año que hay demasiados entierros.
Se hace una mujer de paja, de tamaño natural,
y, coronada con un gorro rojo,
es llevada en carro
entre dos hombres
armados con escopetas de caza.
Una gran multitud
la sigue hacia el lugar donde será juzgada
donde estará encadenada a un poste,
y las chicas y los chicos, a diez pasos de distancia,
con los ojos tapados, intentan apuñalarla
con hoces y cuchillos de matarife.
Al final, es tirada al agua o,
por el contrario, en las llamas vivas de un fuego
de ramas de acacia,
según decidan los dos jueces:
un niño con máscara de oso
y una viuda vieja disfrazada de novia.
Una injusticia
En el vaso de mortero
de pronto aparece el futuro de la casa.
Robert Desnos
En mi sangre hay también una gota de sangre de toro
En mi sangre hay también una gota de sangre de lobo
En mi sangre hay también una gota de sangre de cisne
En mi sangre hay también una gota de sangre de esturión.
Igual que los toros, nunca estoy despierto.
Igual que los lobos, a veces, escucho gritos detrás de mí.
Quise ser albañil y no se me permitió:
en mi vaso de mortero se veían
diversas escenas de las vidas
que se iban a desenvolver entre las paredes
de las casas en construcción.
Traté de llegar a ser pocero,
pero tuve que resignarme: de cada pozo
cavado, salía una chica, por la noche, a las dos,
y empezaba a reírse a carcajadas extrañas
mirando el lejano brillo de las estrellas.
Como un cisne ahuyentado de los juncos,
por el chapoteo de los remos, manejados por pescadores, al alba,
distintas nimiedades, me exilian, siempre,
de mis sueños – que arden en mi cerebro, equívocos.
Como a un esturión, se me confiaron
sombríos misterios
para guardar. Esa es también una injusticia. Una tristeza.
Traducción © Elisabeta Boțan.
Traté de llegar a ser pocero,
pero tuve que resignarme: de cada pozo
cavado, salía una chica, por la noche, a las dos,
y empezaba a reírse a carcajadas extrañas
mirando el lejano brillo de las estrellas.
Como un cisne ahuyentado de los juncos,
por el chapoteo de los remos, manejados por pescadores, al alba,
distintas nimiedades, me exilian, siempre,
de mis sueños – que arden en mi cerebro, equívocos.
Como a un esturión, se me confiaron
sombríos misterios
para guardar. Esa es también una injusticia. Una tristeza.
Traducción © Elisabeta Boțan.


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